sábado, 8 de septiembre de 2012

LA LLUVIA INVITA


He escuchado que en cada región hay una manera distinta de llover. En cada lugar la lluvia cae con su estilo peculiar. En los lugares de tierra húmeda y fértil, la lluvia suele ser como una caricia a la que ya está acostumbrada y que espera con la certeza del que está seguro de lo suyo. En otras partes, donde el suelo es árido como en el sur o en los desiertos, el calor es tan intenso que las gotas de lluvia no tocan el suelo sin antes evaporarse y desatar una mística ola de vapor tan característica de esos ambientes.

De la lluvia y cómo cae hemos tenido mucho en estos días de Isaac. Los efectos que ha dejado a su paso el desviado huracán, han servido para recordarnos la necesidad de prepararnos, más allá del ron y el dominó, ante la llegada de un fenómeno de este tipo. Calles inundadas, puentes rotos, comunidades anegadas, miles de familias desplazadas de sus hogares y muchos mas refugiados a fin de evitar tragedias y el eterno drama de las familias en la ribera de los rios.

Más allá de habernos librado de la furia de aquellas aterradoras franjas rojas y amarillas que se nos presentan en los pronósticos meteorológicos, Isaac dejó a su paso un fin de semana bajo intensas lluvias que obligó a las familias a pasar tiempo de calidad; las extensas jornadas de apagones forzaron el romanticismo entre las parejas que cenaron a la luz de las velas; la creatividad se puso a prueba para mantener a los hijos entretenidos entre cuatro paredes por los tres días de lluvia; el compartir entre vecinos se hizo necesario y la lluvia fue una buena excusa para los tragos sociales en casa; terminar aquel libro que se empezó a leer hace tiempo o escuchar el concierto de Sabina y Serrat que compró y aún no estrenaba.

La cocina viste sus mejores galas y abre sus puertas a la imaginación. Desde sancocho, cocido, asopao o habichuelas, la comida ha sido siempre un aspecto de primer orden para los dominicanos en un día de lluvia. No sólo inundaciones ha dejado Isaac, entre los que cuidan la figura ha dejado el remordimiento y las libritas de mas. Aunque por suerte ha pasado fin de semana y el generoso lunes aguanta siempre el inicio de las infames dietas.
Sin importar cómo caiga, la lluvia trae consigo un aire de intimidad que invita al amor, al cariño, al imperdible romance, a los días en casa, al tiempo en familia, al chocolate caliente, al buen vino y las conversaciones exquisitas o a maldecir la distancia para los que están lejos y añoran al ser amado.

En su justa proporción la lluvia deja a su paso cosas buenas y siempre paga los daños. Aunque esta versión queda por confirmar con los menos afortunados que viven, si es justo llamar a eso vivir, a orilla de los rios. Que sus dias de Isaac hayan sido de reflexión como los mios.

sábado, 1 de septiembre de 2012

LEGISLAR, NO PROCASTINAR


Cada mañana y de manera inconsciente, internamente he acuñado un grito de guerra que me ayuda a dejar el calorcito de la cama, me sacude y me anima. “Las cosas no se hacen solas” me digo todos los dias y lo pregono a través de las redes sociales con la esperanza de contagiar a quienes aún no deciden dar el salto.
En tiempos en que está de moda procastinar y perder el tiempo, ganarle la batalla al ocio y tomar el toro por los cuernos no es tarea fácil. Entre los teléfonos celulares inteligentes, las computadoras y las redes sociales, hay que sacar de abajo para no dejarse seducir por la inacción.
Escasea la constancia en todos los aspectos de la vida. El brio de la novedad que se desgasta y se deja ganar la batalla de la rutina y del arte infame de postergar; el desinterés en los pequeños detalles y la mala costumbre de dar las cosas por seguro es un enemigo silente pero infalible de las cosas bien hechas. Que nos adormece y nos da esa falsa sensación de comodidad que creemos eterna.
No es ese el caso de Manuel Ramón Martínez Quiñones, cariñosamente llamado Don Chichí por el afecto bien ganado de sus amigos. A sus 80 años Don Chichí logró recopilar la historia completa de la cotidianidad de Nagua y sus personajes en un libro llamado “Historia y Vivencias Anecdóticas de Nagua”. Un viaje casi poético a través de la historia de su pueblo, que se desborda en amor cuando habla de su “Naguita la bella” y que expresa claramente un apego patriótico a su lugar de origen.
En su libro, Don Chichí consigue darle el merecido protagonismo a personajes populares que frecuentemente son callados por la historia y el tiempo, donde trata con el mismo respeto a las damas de alta sociedad como a las mujeres sencillas del pueblo, al hacendado adinerado, al empresario y al dependiente del  ventorrillo o al del puesto de venta de mondongo, como un acto de justicia que sólo emana de un alma tan noble como la de Don Chichí.
Claramente que para lograr dicha tarea, las palabras postergar, aplazar, procastinar, diferir o posponer, no existían en la vida de Don Chichí. Lo que cae como balde de agua fría para aquellos que anhelan extender las horas al día o se quejan de la falta de tiempo en sus vidas. Don Chichí encontró el tiempo no sólo para hacer las cosas sino para hacerlas bien.
Supo hacerlas tan bien que cuando la muerte lo sorprendió el pasado jueves 09 de agosto, su obra estaba impecablemente terminada, lista para donar ese aporte a los lectores de hoy y mañana. La parte triste es que a pesar de los esfuerzos de un grupo de amigos nagueros, entre ellos Lourdes Guzmán y Domingo Marte, que tocaron puertas hasta el cansancio tras los fondos para publicar la obra, la muerte le arrebató a Don Chichí el merecido gusto de acariciar su libro, que a base de esfuerzo y constancia se había ganado.
La muerte le jugó sucio a quién se empeñó a fondo en no perder el tiempo y para quien los años no fueron una excusa para dejar de hacer lo que dictaba el corazón. Es una lástima que con tantas leyes que se aprueban al vapor y con la premura de nuestros legisladores cuando se trata de sus propios beneficios, el aporte social de Don Chichí Martínez no haya corrido la misma suerte que por ejemplo, la ley de salarios.
Ya Don Chichí no está y mientras su libro espera pacientemente para ser editado e impreso, su memoria y su labor están siendo víctimas de la cruel procastinación que nos mantiene aturdidos entre el salami y la moringa. Honorables, voten!

domingo, 29 de julio de 2012

TAMBIEN SE VALE


Altagracia se despierta cada día a las 5:30 de la mañana a preparar desayuno a sus 3 hijos, a dejar la comida del mediodia lista para cuando los muchachos regresen encuentren algo de comer en casa, mientras enciende la bomba y se asegura que el agua suba al tinaco, entre un viaje y otro va despertando a cada uno con una extraña mezcla de dulzura y firmeza que la experiencia le ha concedido. Despide a los chicos que salen a la escuela, la universidad y al trabajo y allí empieza la faena de Altagracia, la madre soltera, para prepararse a salir a cumplir una jornada de 8 horas de trabajo. No sin antes dejar el mundo resuelto en la casa.

Como Altagracia son muchas las mujeres que han dedicado su vida, sus dias y su aliento a la complicada tarea de criar sus hijos sin la ayuda de un hombre o en muchos de los casos con la difusa figura de un padre ausente por elección. Si criar hijos es ya una labor dificil, requiere el doble de valentía emprender aquella misión sola, enfrentando los estigmas de una sociedad que condena a las madres solteras al fracaso y que condiciona el éxito de la crianza a sostener un matrimonio a toda costa en nombre de los hijos, sin saber que a quienes condenan es a los pequeños destinados a crecer en un hogar sin amor.

Ya sea a raíz de un divorcio, por la muerte del padre, por abandono o por simple elección de criar sus hijos sola, hoy en día es común saber de mujeres que por cual sea la circunstancia que les haya tocado, se han visto en la necesidad de madurar y hacer cara al único oficio que no trae instrucciones consigo, la maternidad.

Celebramos el Día de los Padres en nuestro país y si bien es cierto que la festividad queda injustamente rezagada ante la majestuosidad del Día de las Madres, especialmente para aquellos que como yo hemos tenido la dicha de tener un padre sinónimo de ejemplo impecable y dulzura, no pretendo robarle las luces a los hombres que han dicho sí a la paternidad responsable y que bajo cualquier circunstancia han hecho el esfuerzo por dar lo mejor de sí a sus hijos, pero hoy en lugar de dedicar mis lineas a ellos, les pido permiso para honrar a todas las madres que lo han hecho sola.

Sin ánimo de usurpar la importancia del rol de padre, la necesaria presencia del hombre en la vida de los hijos y clara de que las madres no somos padres, también se vale premiar la dedicación, el desprendimiento, la nobleza, la entrega desmedida, la valentía, el esfuerzo, la constancia, las lagrimas y las risas de las mujeres que la vida las ha obligado a guardar perfectamente la delicadeza de una rosa y la firmeza del espíritu en nombre de criar hombres y mujeres de bien.

Disponga el tiempo y el presupuesto para regalarse a usted misma lo que hace tanto tiempo viene postergando para darle prioridad a sus hijos. Celebre junto a ellos la oportunidad que le ha dado la vida de descubrir una entereza que usted misma desconocía. Feliz Día de los Padres para ustedes Madres!   

sábado, 28 de julio de 2012

CUIDADO CON EL EJEMPLO


Con apenas un año de nacido, mi hijo Rafael Eduardo era capaz de darle golpecitos a la güira con una destreza que nos dejaba perplejos a todos en la familia y que ante la presencia de cualquier visita se convertía en la atracción del momento. Entre risas, baile y a ritmo de guira, sin importar la sobriedad del visitante o la carga política del tema que se tratara en la sala de casa.

A los tres años había que bajarle un viejo acordeón que guardamos en casa como reliquia para que él jugara a sacarle notas. Todo apuntaba a que el muchacho le podría gustar la música o quizás nos estrenaríamos en la familia con un merenguero típico. Con el tiempo caí en cuenta de que aquella afinidad que demostraba, y que tanto nos gustaba, era el reflejo del entorno en el que mi hijo se ha criado y el patrón que ha observado en la figura de su abuelo. Mi familia y mi hogar son sinónimo de merengue de tierra adentro y ese ha sido precisamente el ejemplo de alegría con el que Rafael Eduardo ha ido creciendo.

El cuadro hace honor a la frase “Predicar con el ejemplo”. Tan desgastada y convertida en cliché, como en desuso en la práctica en estos tiempos. Como sociedad andamos lejos del buen ejemplo y así lo demuestran los hechos. Un joven de 18 años, estrangula a su pareja, una niña de 12, para impedir que los padres de ésta se la llevaran a vivir fuera del país. La tragedia es una crisis de principio a fin, contando el hecho de que dos niños fueran pareja y compartieran un compromiso tan serio y tan cargado como la convivencia; que la comunidad consintiera o ni siquiera se inmutara ante la situación; las razones tan grandes que llevaron a ese jovencito a quitarle la vida a una niña que había emprendido la ardua tarea de ser mujer sin siquiera conocerse a ella misma y cuando su cuerpo aún no se ha formado; que la falta de esperanzas haya empujado al joven a colgarse en el patio de su casa como la única salida posible a un problema y lo peor, que el suceso no pase de ser un funesto titular de un martes en los periódicos porque las tragedias ya nos tienen anestesiados.

El hecho no merece ni el enojo y de poco sirve ya la indignación y el lamento. Nada resuelve desearle el más ardiente de los infiernos al agresor o pensar en lo que pudo ser y no fue. El episodio llama a la reflexión profunda de todos nosotros como sociedad, a cuestionarnos cuál es el ejemplo que damos y qué aportamos a la colectividad, a no limitar la educación exclusivamente a los hogares y a revisar minuciosamente el mensaje que enviamos a los que vienen subiendo. 

Está claro que la mente perturbada del joven era un espejo de lo que somos, de lo que nos hemos convertido, de lo que vió en su entorno y de la peor cara que ha mostrado la humanidad en los últimos años, con el sexo precoz, los embarazos en adolescentes, el auge de los feminicidios, el drama del narcotráfico, lo atractivo del dinero facil, bautizados por la impunidad y traducidos en la degeneración de la sociedad.

Hagamos el esfuerzo honesto para que la sangre y la violencia no se vuelvan moda y para que la muerte no sea el modelo con el que van a subir los hijos de hoy. Cuidado con el ejemplo!

lunes, 16 de julio de 2012

MI LUTO, MI MIERCOLES, MI COMPROMISO


Entre los trágicos titulares que anuncian más muertes de mujeres en manos de sus parejas, la ciudad de Santo Domingo hizo un espacio y se vistió de luto el pasado miércoles. Aún entre las diferentes cifras de víctimas mortales que manejan la Procuraduría y los organismos feministas, la alarma se ha apoderado de los ciudadanos para gritar que de violencia ya estamos al tope.

Mi miércoles fue negro y asumí ese día de modo muy personal. Conozco del dolor de familias que han sufrido los feminicidios en carne propia y sé de hijos que les han arrebatado vilmente su derecho de crecer con su madre y en la mayoría de los casos, privados también del amor de un padre, porque el agresor termina con su propia vida. He conocido testimonios de mujeres sobrevivientes de violencia de género e intrafamiliar que se le han escapado de tablitas a la muerte y de la angustia que trae consigo vivir con el enemigo.

Ese día ví mujeres vestidas de negro y por primera vez el luto trajo a mí cierto aire de triunfalismo para robarme una sonrisa porque escasas veces la sociedad logra coincidir en sus reclamos y agrupar conciencias sin distinción de género, raza, estatus social o partido político. El día se vistió de negro a pesar del sofocante calor de temporada y por encima del pesimismo de algunos que para justificar quedarse de brazos cruzados alegan que una movilización frente al Congreso no va a resolver la crisis de tajo.

 Saberme expuesta, porque todas de una manera u otra lo estamos, a una tragedia de esta magnitud me mueve a solidarizarme y hacer los esfuerzos que sean necesarios para desarraigarnos de la cultura machista y agresora que se sigue anotando víctimas de sangre. 

Como ciudadana, como madre y como mujer me sobran motivos para reclamar el cese de la violencia, pero también asumir el compromiso de educar en casa a mi hijo de 3 años como un caballero que sabrá que a las mujeres no se les toca y que no son su propiedad; y hacer a mi hija una mujer consciente de que aguante no es amor y que tiene tantos e iguales derechos como el hombre.

A riesgo de pecar de ilusa y de soñadora, no pierdo las esperanzas de entre todos, dejar a la próxima generación una sociedad menos sangrienta y con niveles más altos de educación. Si bien no estamos cerca de lograrlo, con un reclamo de un 4 por ciento para educación que parece desvanecerse y perder intensidad en su amarillo y aunque los artistas y las infames figuras del jet set local insistan en hacerme perder el ánimo, no lo van a lograr. Me tranquiliza saberme de una generación de hombres y mujeres que alzan la voz, que estremecen las redes sociales y que acude a llamados civiles movidos por nobles causas. 

Mientras tanto, desde mi columna agotaré las letras que sean necesarias, acogeré el llamado de la sociedad y seguiré educando en amor abanderada fielmente al viejo refrán que reza “Tanto da la gota en la piedra, que termina por romperla”.