La
tentación está allí, siempre al acecho y siempre pendiente. Se debate entre
cualquier desliz y un teclazo, para al menor descuido dejar escapar ese aliento
de intimidad y de lo propio de cada uno de nosotros. Como un pececito en el
profundo mar que sube a la superficie tras una bocanada de aire y así, con ese
aliento, quebrar la regla de oro de todas las redes sociales y el buen vivir
entre ojos extraños que nos leen: no enganchar los problemas personales en un
tuit o secarlos al sol en un muro virtual.
Vestidas
de canciones, correspondidas con un favorito, adornadas con un RT, aprobadas
con un Retweet, disfrazadas de indirectas o respondidas sin mención. La
intimidad en Twitter se debate la faja de la discreción entre ser un tuit al
viento o convertirse en el más cursi diario de adolescente que escribe letras
que no serán leídas jamás por nadie más que ella misma.
No es
para menos, Twitter se ha convertido en un espacio donde cuesta más esconder la
esencia propia que reflejarse uno mismo en apenas 140 caracteres. A la larga
entre un tuit y otro, unos se dejan ver entre quejas, frustraciones,
indignación, malestar, a veces hasta odio y de otro lado, los más valiosos, que
expresan amistad, solidaridad, entrega con los suyos, humildad auténtica de
esos que comen sin poses y viajan cuando se pueda, los que valoran los amigos,
los cordiales, los que trabajan con tesón y se han ganado su lugar a puro
esfuerzo y aquellos que no olvidan sus orígenes a pesar de ser tildados
erróneamente de chopos, en una sociedad en la que de chopo, alguito tenemos
todos.
Esa
libertad en una red social tan activa, que nos ha convertido a todos en
reporteros, abogados, psicólogos, analistas, economistas, sociólogos,
detectives y hasta médicos; tan dinámica que cualquiera corre la suerte de
intercambiar opiniones con grandes personajes; que nos concede la voluntad
abierta de expresar lo que sea que nos pase por la cabeza, a veces sin medir el
alcance de nuestras letras; tan ágil que le corta el pulso a las noticias
tradicionales y se ha convertido hasta en fuente de cobertura de cualquier
miedo informativo; tan especial que nos permite compartir con gente con las
mismas inquietudes sociales que uno; y a la misma vez, tan engañosa que ofrece
una falsa cercanía donde no existe.
No es
para culpar que alguien, o todos, incurran al menos una vez en su vida en dejar
caer uno que otro trapo sucio en el camino virtual. Unos lloran un amor
mientras otros gritan la miseria y la soledad; muchos que ahogan las penas en
baile y alcohol; los que leen a Coelho e insisten en contagiar inspiración; los
que corren y su mundo del eterno running; otros que echan vainas con un plato
sofisticado en Dubai; los padres que exponen a los hijos; los que indican en
fotos la ubicación exacta de sus hogares; los que exhiben amores de portada y
disfuncionales por dentro; los que se venden felices y les falta la mitad del
sentido de sus vidas; los intensos a todos los niveles, ya sea político, social
y hasta cultural; los que critican todo y exponen en sí mismos la inconformidad
del ser y los más, que son los que critican a los que critican todo. La lista
es larga, interminable, y mire que ni me molesté en mencionar los insistentes
selfies, pero le aseguro que al menos de uno de esos pecados usted carga la
culpa. Si no, quien esté libre de pecado…que publique su primer tuit.
Por
suerte, en la misma medida que nos brinda la libertad de acercarnos, ofrece
también la maravillosa oportunidad de terminar con la angustia con un simple “unfollow/dejar de seguir” y si como a
mí, a usted se le arruga el corazón y peca de sentimental en este idilio
pasajero, en el más considerado de los casos y en nombre de la eterna
diplomacia, “mutear” o poner en
silencio.
La lucha es constante y si uno tiene planes de vivir en paz, hay que cuidarse de juzgar y señalar al prójimo, al menos en la medida de lo posible. Ya saben, por aquello de que cuando uno señala con un dedo, los cuatro restantes apuntan a uno. Hay que seguir librando la batalla entre lo personal, lo publicable y lo impublicable sin dejar de ser uno mismo, porque a fin de cuentas siempre hay que guardar algo para el alma.
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