lunes, 6 de enero de 2014

ODISEA DE UN PEATÓN



Ya mucho nos hemos quejado de los tapones y la peculiar manera de conducir en las calles dominicanas. El muro de las lamentaciones de los que pagamos la gasolina más cara del mundo, no aguanta un picazo más de quejas y malhumor. Los viernes, sin distinción de los precios del petróleo en mercados internacionales, el pánico y la incertidumbre se apodera de nosotros cuando Industria y Comercio anuncia las alzas, el congelamiento o las muy inusuales rebajas en el costo de los carburantes.

Sin embargo, echando a un lado el pesar cotidiano de ser chofer aquí, son los peatones quienes llevan una carga pesada en esta historia. Muchas historias son las que escucho entre compañeros de trabajo, amigos, gente conectada en las redes sociales y las noticias que se leen en los medios sobre las dificultades que enfrenta quien anda a pies en esta ciudad pero entre escucharlas y vivir la experiencia a medias de ser un peatón en este país, la diferencia es abismal.

El irrespeto, la total ausencia de la cortesía y los buenos modales, la inestabilidad y  la impotencia son algunas de los conflictos con los que debe lidiar el peatón que sale cada día de su casa a moverse en esta urbe por necesidad o por gusto.

Cruzar una calle es una aventura. Toparse con alguna alma noble que se digne a parar el curso del tránsito por unos segundos y que esté dispuesto a escuchar toda clase de improperios de quien conduce el vehículo de atrás, es casi jugarse la vida a la suerte. Una mujer embarazada, ancianos, desequilibrados mentales, niños, estudiantes, sin distinción alguna aquí la gente simplemente no cede el paso.

Sin temor a equivocarme creo que somos el único país en el mundo donde las personas no videntes que hacen un esfuerzo sobrehumano para realizar sus tareas cotidianas con cierto grado de normalidad, tienen que casi tomar las calles para que sean escuchados sus reclamos exigiendo a los ayuntamientos y a la ciudadanía en general que mantengan las aceras limpias y libres de basura que obstaculizan su tortuoso paso por las ya complicadas vías de esta ciudad.


Gente que no sólo tiene que lidiar con la incomodidad de transportarse en un sistema ineficiente, inseguro y en pésimas condiciones sino que también vive su cotidianidad a riesgo de los mal llamados dueños del país que a veces por puro capricho aumentan los precios del pasaje, paralizan el transporte o terminan sus piquetes a pedradas y a balazos.
Y ni hablar de la estampa del chofer que abunda en las movidas calles de Santo Domingo que al volante de cualquier modelo 1982 anda y desanda la capital cual si fuera el dueño de las vías. Con aquella actitud de “yo soy jefe porque si”.


Por suerte, no están tan solos. Los que manejan tambien tienen que lidiar con esos trastornos, quizá no entre los esprines oxidados y amenazantes de algún Datsun, el calor sofocante de un vehiculo cargado de gente o el peligro que los acecha de un tanque de gas que puede explotar en cualquier momento, pero sí desde su propia perspectiva. Que la paciencia esté con ustedes y con nosotros también.

CUIDADO CON EL KARMA, DOMINICANOS



Para definir el karma los gringos tienen una frase que reza “what goes around, comes around” que en un inglés de muelle va más o menos como que “lo que va, viene”. Precisamente, entre gringos y karma, la frase es lo primero que viene a mi cabeza cuando pienso en la controversia que ha desatado una sentencia emitida por el Tribunal Constitucional que niega la nacionalidad dominicana a quienes nacen aquí pero cuyos padres extranjeros se encuentran en el país en situación de transito, incluso de manera retroactiva.
Como todo en la vida, hay quienes defienden a capa y espada la decisión del tribunal y en un tiempo record han convertido en cliché las palabras soberana e independiente. Otros, defienden el derecho de cada uno de nosotros de tener una nacionalidad y no dormir en el letargo del limbo jurídico condenados a ser apátridas toda la vida.


Siendo honesta, me había negado a mi misma el permiso para escribir del tema y me había impuesto una inútil auto censura por varias razones, suficientes en su momento, como para justificar aquella línea editorial que yo misma traté de llevar a cabo. Sin lugar a dudas, es un tema muy delicado que despierta pasiones de todo tipo, con un millón de matices que le impiden ser blanco o negro y que por ende, se hace imposible analizar con miras a encontrar una salida justa. Siempre habrá quien pierda y ya se sabe que a nadie le gusta perder.

Desconozco de temas jurídicos y sería una falta grave a quienes se han pasado años en una universidad y ejerciendo en tribunales, que ahora yo quiera hacer de periodista y abogada como si se tratara de un dos por uno en un supermercado. Pero sin ánimo de usurpar funciones, retumba en mis oídos la palabra retroactiva y de repente, cobra sentido en mi cabeza.

El tema haitiano, más allá de ser visto puramente migratorio, envuelve tanto drama humano, tantas precariedades y dolencias, que las leyes y los tribunales se quedan cortos. Siempre habrá quienes queden insatisfechos con las decisiones que se puedan tomar en torno a esa situación y por ende, siempre habrá quienes las sufran en carne viva y la búsqueda incansable de una mejor vida y mejores condiciones humanas, no está supuesta a doler tanto y sufrir tantas humillaciones.

No pretendo sacrificar la esencia de lo que nos identifica, ni prender en fuego nuestra soberanía como país que nos distingue, no sólo de Haití sino de todos los países del mundo, pero cuando se trata de ser justos no creo que la justicia esté cómoda con la idea de despojar de nacionalidad a quienes nacieron aquí y reclaman su derecho de exhibir una identidad propia.

Se me hace imposible sacar de mi cabeza a los miles de dominicanos que salieron de aquí a perseguir literalmente una mejor vida y mejores condiciones para ellos y para quienes dejan aquí. En Estados Unidos, somos tantos que son capaces de definir elecciones y puestos en el tren gubernamental. No hablemos de España, Italia, Holanda, Alemania, Francia y Suiza, donde por años nuestras mujeres no eran vistas con buenos ojos y los hombres llegaban allá dispuestos a hacer trabajos que nunca se atrevieron a hacer aquí, que quizás equivalen al corte de caña que se niega a hacer cualquier dominicano en un batey en el este.

La diplomacia y las relaciones internacionales ciertamente no aceptan el karma como política ni como medida de conciliación ante conflictos de esta magnitud, pero con tantos compatriotas regados en el mundo completo y recibiendo nosotros tantas remesas que dinamizan la endeble economía de este patio, apelara a una salida más justa y menos traumática para quienes lo sufren y para quienes lo ven desde fuera, porque como dicen los gringos…”what goes around, comes around” y no precisamente del otro lado del Masacre.

EL MUNDO PATAS ARRIBA


Siempre he escuchado decir que los tiempos de hoy no son los de antes. El mismo Joaquín Sabina en una de sus canciones dice “al lugar donde has sido feliz no deberías tratar de volver” como una clara convicción de que hay que seguir avanzando sin importar los tiempos. El pasado es casi siempre protagonista de la nostalgia y a veces hasta de la tristeza cuando de recordar tiempos mejores se trata.


No vengo en ánimo gris a imponer la nostalgia. Me gusta ser de los tercos que siguen caminando contracorriente o hacerme cómplice del viento con tal de avanzar a toda costa. Pero entre niñas embarazadas sumidas en la pobreza, la desdicha, el abuso y el abandono desde antes de tomar impulso para andar por la vida; curas y sacerdotes declarados en rebeldía y perseguidos por la justicia acusados de seducir y violar niños o noticias de un padre que mata a su propio bebé de siete meses de nacido, es difícil no cuestionarse el rumbo que tomamos los humanos en la sociedad de hoy.


Es irónico que en tiempos en que las donaciones y colectas para necesitados ya no sólo llegan de manos de políticos o gobernantes sino de gente, en su mayoría, movida por la buena voluntad, se escuche de otro lado a gente justificar el asesinato a balazos en una avenida de la capital de un joven limpiavidrios por no perdonar una agresión material. Cuesta creer, pero los hechos así lo confirman a gritos, que la vida vale menos que un carro.


No sé que me espanta más, el hecho de matar por un arranque a un ser humano, sin importar condiciones, o leer y escuchar a quienes consideran como una agresión gravísima que otro mortal les agreda su vehículo o su propiedad al punto que eso les valga la vida. Ni el más grave de los latazos o el más feo de los rayones justifica quitarle la vida a un ser humano y por ende pasarse el resto de sus días prófugo de la justicia mientras el cuerpo resista y la suerte esté de su lado, aquí, en Colombia o en Japón. Una cosa es defenderse y otra es descargar la ira y agredir.


Recuerdo con nostalgia los tiempos en que se auxiliaba a un extraño con un ataque de epilepsia, por citar un ejemplo de aquellos años,  y miro con pena la realidad de estos años que no nos permite ni siquiera indicar una dirección a quien se encuentra legítimamente desorientado. Vivimos presos del miedo y la desconfianza se ha vuelto una necesidad para poder sobrevivir en esta selva de salvajes. Y no es para menos.


Alcanzamos niveles de inseguridad en los que a veces se hace necesario pedir disculpas a quien nos pisa o nos empuja a fin de evitar tragedias y donde una mirada mal puesta nos puede costar el último aliento. Los pleitos se resuelven con un sicario en oferta que fija en cien mil pesos el costo de una vida o acido del diablo en cualquier callejón.


No hace falta un estudio exhaustivo para caer en cuenta que el mundo anda patas arriba, mientras se nos escapa la capacidad de asombro, la sensibilidad, el sentir humano, el empoderamiento, la caridad y hasta algo tan esencial y mecánico como los modales. Nos anestesia la triste conformidad con lo injusto y nos golpea el letargo de no hacer nada más que quejarnos.


Mientras despertamos, mientras nos avispamos, yo seguiré creyendo en la buena voluntad de la gente y convencida de la ley de vida de causa y efecto que trato de profesar a diario…recibes lo que das.

SABER GANAR, SABER PERDER


El espíritu competitivo vive en cada uno de nosotros. Todos llevamos por dentro la fiesta lista y armada para celebrar los triunfos y los bríos que se necesitan cuando falla el aliento en el afán por ganar y muchas veces hasta sin saberlo. Unos, en su justa medida que saben dosificar las ansias de ganar y consiguen el equilibrio perfecto para saborear victorias con humildad y otros, que se dejan embriagar por las mieles de la victoria y se llevan a su paso todo lo que encuentran sin medir consecuencias en el viaje de vuelta.

Lo cierto es que a todos nos gusta ganar y a nadie le gusta perder. La desgastada frase de “lo importante es competir” cada vez parece más en desuso y fuera de circulación. La gente, en todas las áreas y niveles, entrena en la vida para ganar mientras se olvidan de, en honor al difícil equilibrio, aprender también a manejar y aceptar dignamente las derrotas. A esos, que no aceptan una derrota, la falta de humildad y la ceguera que provoca la terquedad, les basta una batalla perdida para dejarlos aturdidos y abatidos en la lona.

Y es que toca admitir que a cualquiera seduce la victoria. Pocos se resisten al coqueteo descarado de poder ganar, de vencer, de demostrar al mundo y hasta a sí mismo, de qué estamos hechos y de lo que somos capaces de hacer cuando la mente, el cuerpo, el alma y las ganas trabajan en armonía para lograr una meta. Vencer al oponente, vencer a la mente, vencer a la voz negativa que a todos nos susurra en medio de la lucha, y vencerse a uno mismo, deja la convicción de que no todo está perdido. Sacar de abajo cuando se cree que se agotaron las reservas y demostrar que es posible, quizás a pesar de la mala fe y en contra de todos los pronósticos, es quizás el acto que más valentía requiere en medio del diario vivir.

Lo único que supera en valentía y coraje a sacar bríos donde olvidamos que habían es sin duda alguna levantar las piernas cuando tropezamos. La luna de miel con la gloria y las campanas de victoria son efímeras porque las batallas se libran a diario en el campo de la vida. Perder una batalla, insistir, volver a perder y volver a insistir hasta por fin ganar, requiere de igual o quizás más coraje que alzarse con la espada y la cabeza del adversario.

Si bien ya no es tan importante “sólo competir” recuerde que la humildad y la bondad aún no pasan de moda. El triunfo de hoy puede convertirse en la derrota de mañana o viceversa. La vida se mantiene girando y no sabemos a ciencia cierta a quien tendremos que mirar a los ojos mañana.

Asuma sus victorias con regocijo y ponga en práctica la humildad, como un ejercicio de grandeza. Conquiste sus miedos, demuéstrese a usted mismo y después a los demás el tronco de ser humano que usted puede ser, no se deje arrebatar lo que a usted le corresponde, por lo que usted ha trabajado o lo que se ha ganado, defiéndase de la vida y de los que estamos de paso aquí, que en ocasiones solemos ser muy crueles, pero mantenga siempre pendiente el mensaje que su defensa envía a sus hijos, a su familia, a sus amigos y a sus seres queridos, porque al final de la jornada cuando dejemos de estar, el legado de grandeza y humildad es lo que queda.

domingo, 11 de agosto de 2013

JOSELITO: LECCIÓN DE VIDA

Cierre los ojos por unos minutos, sumérjase en ese negro eterno, trate de seguir la vida a oscuras, intente llevar a cabo su rutina a tientas, con los ojos cerrados y a oscuras haga esas cosas que hace todos los días, como si de repente realmente hubiese perdido la visión, sólo imagine. Esa es la vida de Joselito Hernández desde 2005 cuando a los once años de edad una bala perdida le robó la visión.

Quizás la disputa por un punto de venta de drogas o algún tumbe en plena madrugada terminó con un tiroteo y una de las balas alcanzó a Joselito mientras dormía en su casa en el barrio Gualey. Para muchos, sólo imaginar perder algo tan vital como el sentido de la vista puede parecer el fin de la vida o echarse a morir. Ese no es el caso de este joven de 19 años que anda en plena ciudad de Santo Domingo dando gratuitamente lecciones de vida.

La brisa fresca del despertar de una mañana de julio trajo consigo a Joselito Hernández a mi vida. Yo terminaba de correr en la pista de calentamiento del Centro Olímpico y ya disponía a subirme al carro, rumbo a casa a empezar la faena de aquel lunes. Había llovido, entre lodo y charcos él sorteaba el paso para, con ayuda de su bastón, lograr llegar a la pista que aún estaba a unos cien metros de distancia.

En aquellos cien metros o menos, no contuve la curiosidad y le pregunté qué buscaba allí, es inusual, al menos para mí lo era, toparme con una persona no vidente en una pista de atletismo, y para mi sorpresa me contestó con un “aquí vengo a entrenar”, asombrada lo ayudé a llegar a la entrada, nos presentamos y allí nos despedimos.

Una semana más tarde, nos saludamos y con apenas un timbrazo de mi voz me reconoció al vuelo y de una forma impresionante me dijo de manera acertada el canal donde leo las noticias. Lo único que ha logrado superar el asombro de aquella hazaña ha sido verlo entrenar.

Después de aquel agosto que le cambió la vida, Joselito se ha empeñado en vencerle el pulso al pesimismo y en cambio se ha convertido en todo un ejemplo de dignidad y superación personal. Aprendió el sistema Braille para leer y escribir, terminó el bachillerato, tiene planes de estudiar idiomas, se hizo masajista y terapista profesional, técnico en informática, además, Polayo como lo llaman en el medio artístico, canta y compone canciones urbanas, ha colaborado con varios cantantes de ese género, tiene pendiente una peculiar producción con Teodoro Reyes y por si fuera poca cosa, actualmente entrena como velocista de 100 y 200 metros con una muy buena marca personal.


 Con ayuda de su entrenador, Ángelo Díaz, Joselito ha aprendido de memoria cada movimiento de su rutina y de la manera más noble, se las han ingeniado para llevar a cabo el entrenamiento con una entrega casi de hermanos y en un acto de nobleza capaz de renovar la fe en la gente, Ángelo y Joselito corren a toda velocidad amarrados de la mano como si poder ver el mundo fuera lo menos importante.

Lo más valioso es la lección que Joselito nos está dando a todos, con un inestimable valor moral, porque cuando para aquel niño de once años pareció que su vida llegaba a su fin o cuando lo único que le quedaba era la invalidez o la incapacidad se creció, se sobrepuso a todas las adversidades y miren todo lo que ha hecho.


Joselito nos enseña cómo enfrentar y vencer las calamidades de la vida y cómo no hay razón para usted sentirse derrotado y vencido ante desgracias aparentemente irreparables que abaten sobre nosotros. Joselito es un vencedor, sobre todo porque logró vencer en dignidad y grandeza al funesto personaje anónimo que le robó la vista.

Joselito ha aprendido a realizarse, a no resignarse y por encima de todo a ser feliz. En mi blog (www.alma-enlibertad.blogspot.com) he compartido fotos y videos de este joven tan valioso y después de verlas me atrevo a preguntarles si aún quedan con ganas de quejarse porque hoy sea lunes. Y usted de qué se queja?