martes, 19 de julio de 2011

LA CULTURA DEL DRINK

Una vuelta por su sector es suficiente para toparse con un drink y conocer el fenómeno cultural que arropa a la ciudad de Santo Domingo y a muchos pueblos del interior.
Lo que en años anteriores cualquiera denominaba Liquor Store o tienda de bebidas, hoy ha pasado a llamarse Drink y ha traido consigo todo un sistema que sobrepasa la simple acción de comprar bebidas alcoholicas. Aquello de desmontarse en el supermercado o echar el fiao en el colmado de la esquina ha pasado a la historia junto con los dinosaurios y la televisión a blanco y negro.
Comprar un litro de whisky, de vodka o de cualquier otra bebida de su preferencia conlleva todo un rito tan asombroso como sencillo. Y es que sin ánimo de exagerar, los drinks están en casi todas las esquinas. No importa la clase social, la exclusividad del sector o la popularidad del barrio mas caliente de la capital, tenga la seguridad de que va a encontrar un drink.  
Dudo mucho que se lleve a cabo un estudio de mercadeo para ubicarlos; los he visto en medio de la miseria, en barrios sumidos en la pobreza, en calles estrechas donde con dificultad puede transitar un solo vehiculo, puestos allí con sus irreverentes luces blancas y de neón, usualmente con fachada en cristal, con el estridente dembow a todo volumen y con el atractivo del aire acondicionado en buenas condiciones, lo que sumado a los tragos y el baile resulta para muchos una oferta dificil de rechazar.
La parte cosmopolita de la ciudad tambien los tiene a su estilo pero con la misma extensa oferta de licores de todos los precios, las bebidas de todos los colores y sabores, la cerveza fria, las bebidas energizantes, el hielo, los vasos, las picaderas y hasta la neverita desechable por si la bebedera se armó de repente. Hay que reconocer que los drinks se la han puesto fácil al bebedor.
Y es que más que una cultura, parecen ser una válvula de escape ante la dificil situación que atraviesa la sociedad dominicana. En un país con tradición política, donde todos somos expertos y opinamos de alta política, donde cualquier escenario se presta para expresar el descontento con el gobierno de turno y con los precios de la canasta básica, donde hasta el gomero le hace un análisis profundo de lo que pasa aquí y en el mundo, los tragos se pintan como el desahogo del que se faja a buscar lo del moro y sigue sin tener un chele para meterlo al banco.
Lo malo es cuando el alcohol se mezcla con el malhumor, las malas actitudes, la ignorancia y la falta de tolerancia. La fórmula da problemas y en muchas ocasiones tragedia. Son bien conocidos los enfrentamientos a tiros y las riñas que han terminado con la vida de gente que sale a la calle con la intención de disfrutar y no regresan a sus hogares.
También la parte no tan divertida de los que tienen por vecinos a estos negocios, que el tumulto, el movimiento de personas borrachas, la problemática de los parqueos, las peleas, en algunos casos los disparos y el ruido constante le hacen la vida amarga y miserable a cualquiera.
Lo cierto es que aun en medio de esta crisis, el dominicano siempre encuentra un buen motivo para celebrar. Los drinks han llegado a echarle una mano a la gente que busca zafarse de la realidad y que se permite el lujo de disfrutar un trago en buena y a veces no tan buena compañía. Y mientras sea con prudencia y con moderación…que siga la fiesta!!!

lunes, 11 de julio de 2011

40 AÑOS DESPUES: DEUDA SALDADA

No existe equipaje más pesado que las deudas. Traen angustia, roban el sueño y mortifican. Se sabe de gente que se ahoga en los apuros económicos; personas que se endeudan moralmente y algunos que adquieren deudas emocionales. Sin importar donde habiten las deudas, si en el bolsillo, el corazón o en la conciencia, nada trae más alivio que saldarlas.

Contaba el 1971, la situación política de los doce años de Balaguer y el fatídico auge de la Banda Colorá mantenía a muchos de los militantes de izquierda y de aspiraciones progresistas sumidos en una estricta clandestinidad, que por años les robó tiempo precioso con sus seres queridos.

Mi mamá, Dulce, y mis hermanos mayores Juan Miguel y Yenny, sufrieron en carne propia los efectos de aquella época y enfrentaron situaciones de peligro con la suficiente dignidad.

Las historias de mami, al igual que las de muchas mujeres de aquel tiempo, están cargadas de tantas emociones, que son dignas de un libro. La capacidad de aguante  y la entrega desinteresada de aquellas mujeres enamoradas hace que uno las valore y las mire con admiración y respeto.

Entre los tantos sitios donde vivió mami con sus dos hijos en ese entonces, La Vega fue uno de ellos. Sin más que sus prendas de vestir, una cama y algunos elementales utensilios de cocina, allí vivían en una casita a orillas de la autopista, preparados para salir en cualquier momento ante la amenaza de algún allanamiento.

Sin embargo, no fue un allanamiento lo que obligó a mi mamá y a mis hermanos a abandonar aquella casa y perder lo único que en ese momento poseían. Mami, con Juan Miguel y Yenny, había salido una mañana lluviosa y al regresar de la casa solo se alcanzaba a ver una cruz que coronaba el techo. Las fuertes lluvias inundaron la casa y allí quedaron ahogadas sus escasas pertenencias. Entre las cosas, Juan Miguel, de 4 años en ese momento, perdió una resortera o un tirapiedra que le habían regalado.

Aquella pérdida se convirtió en un constante lamento acompañado de llanto y tristeza por mucho tiempo.

No creo que sea fácil para nadie perder todo lo que tenga, en especial aquellas cosas con valor sentimental que suelen ser las menos ostentosas. Aún más difícil para un niño de apenas 4 años de edad al que la inocencia lo mantiene ajeno a los duros golpes que da la vida.

Afortunadamente el drama se superó, la cotidianidad jugó su papel y el tirapiedra dejó de ser tema, o quizás, otro juguete ocupó aquel lugar y la vida siguió su curso.

40 años después, cuando ya la clandestinidad y el malpasar son cosas del pasado, en una de las usuales y extensas diligencias mañaneras que mami hace y que carecen de hora de regreso, visitó el Mercado Modelo y de allá volvió con el rostro iluminado y una sonrisa hermosísima de esas que no se ensayan, con un tirapiedra en sus manos y con aquella actitud victoriosa que solo conceden las deudas saldadas.
La vida le permitió a mami saldar aquella deuda pendiente con Juan. Cuatro décadas más tarde, mami pasa frente a esa casita en La Vega, que aún conserva el mismo color de aquel entonces y puede rememorar con orgullo aquellos episodios amargos en que se jugaban la vida. Ahora, desde la comodidad de un vehículo, de manos y enamorada del mismo hombre de aquel entonces, con un merengue típico de fondo y con la firme convicción de que valió la pena.

lunes, 4 de julio de 2011

LA INUTIL PRISA

No tengo idea de cómo se eternizan las frases célebres. Quizás porque en momentos determinados encajan a la perfección en una situación y de igual forma pueden alentarnos o brindarnos el empuje que hace falta para salir a camino. Lo que sí sé, porque lo he vivido, es que una frase puede marcarnos y llegar a convertirse en hábito o en estilo de vida.

Hace trece años escuché por vez primera en voz de mi papá la frase que reza: “Vísteme despacio que voy con prisa” cuando literalmente corría para tratar de no llegar tarde al que fue mi primer empleo. Mentiría si dijera que aquella tarde me detuve y que bajé la marcha, pero sí admito que me puso a pensar y que hoy, trece años después, cada vez que la prisa toca mis acciones recuerdo esas palabras.

En esa misma línea, suele decir mi papá que la juventud trae consigo la sensación de que el tiempo se le agota, que si los jóvenes supieran lo mucho que se rinde y qué tanto se puede hacer cuando se tiene el tiempo de aliado, la vida fuera menos complicada.

Y no puede ser más cierto. Lo malo es que ese entendimiento solo lo conceden los años y la madurez. El tiempo pasa de prisa pero la vida sigue su curso. Vivimos en una eterna lucha contra el reloj, contra los años, contra las arrugas, contra las canas, contra las libras de más que traen consigo los años, le ponemos fecha de expiración a nuestros sueños y matamos la magia del hacer las cosas bien por pura satisfacción.

La agobiante falta de tiempo es un síndrome de moda que ya se ha hecho habitual entre todos nosotros, me incluyo porque la prisa es un mal general que nos arropa a todos y de vez en cuando ignoro aquella famosa frase y marcho inútilmente a la carrera. Hablamos de cultivar la paciencia pero carecemos de esa paciencia hasta con nosotros mismos.

Pienso y escribo sobre el tiempo, porque recientemente asistí a la graduación de “Ya sé leer” de mi sobrina Sophia. Cinco años han pasado desde que nació y la cargué en mis brazos una tarde de agosto que quedé enamorada de aquella carita angelical con ojos verdes y pelo negro; y ahora la ví frente a mí cantando, actuando y recitando un poema junto a sus compañeros justo antes de enfrentarse al mundo de “los grandes” armada de letras y conocimientos cual soldadito listo para el dulce combate del saber.

Para mí Sophia nació ayer, me cuesta creer lo rápido que pasa el tiempo, si hasta recuerdo mi propia graduación en 1986 y ha llovido un poco desde entonces; se ha vivido con tanta intensidad y aun falta toda una vida.

Verla asumir un nuevo reto tan importante en su justa dimensión, me hace pensar en todo lo que le espera. La experiencia que le aguarda, los desafíos que reserva el destino para ella, los amigos por conocer, los amores por vivir, las lagrimas y las alegrías para contar, los conocimientos por adquirir, la prisa de la adolescencia, el ímpetu y el coraje de esos años, la adultez, la madurez y con ello la paz que trae el tiempo.
Hay que hacerse amigo de los años, es un matrimonio sin divorcio y  más vale bailar ese son en paz y llevarlo con buen ritmo. Mentira que la vida es corta…solo hay que dosificarla con prudencia y vivir cada dosis con la suficiente y apropiada  intensidad.

lunes, 27 de junio de 2011

UN FRIO FRIO EN TIEMPOS DE COLERA

El sofocante calor de estos días me hizo pensar en un frio frio. Miré atrás y recordé tiempos de mi infancia en que esa era una acertada opción para combatir el calor y calmar la sed.

Ante este repentino deseo, comencé un proceso mental que me mantuvo entretenida en los pocos ratos de ocio en que uno mira al techo o pierde la vista en el horizonte. Cual niña indecisa ante un mostrador lleno con los más exquisitos helados italianos, no lograba ponerme de acuerdo sobre el sabor que elegiría. Añoraba uno de anís, de chinola, de tamarindo, de jagua o de limón con frambuesa, el favorito de mi hermana Ivelisse, fiel seguidora de los frio frio.
Aún sin decidirme de manera definitiva, repasé mentalmente los puntos estratégicos donde podría encontrar un friero y en ese momento caí en cuenta que no lo veía desde hacía un largo tiempo y peor, no recordaba la última vez que me había tomado un frio frio.

Casi un mes me tomó encontrarlo. Le pregunté a mis amigos, a compañeros de trabajo, a los choferes de mi oficina, a los vecinos, a mis hermanas las mantuve en alerta por si encontraban uno de esos emblemáticos carritos con sus botellas multicolores; tratando de colaborar, mi prima Elba me habló de uno que se para en la calle Las Damas y como por arte de magia, se esfumó; hasta cambié mi ruta una mañana para darme la vuelta por la esquina caliente en Herrera;  algunos me referían a la zona universitaria y otros a la avenida Abraham Lincoln cerca de la Víctor Garrido Puello, y aunque todos coincidían en que la ciudad está repleta de ellos en esta “cacería helada” no lograba encontrar uno solo.

Cuando ya casi la escasez de frio frio me ganaba el pulso, una tarde transitando la San Martin lo alcancé a ver en una esquina y me detuve. Allí estaba, justo como lo recordaba, el carrito azul cuadrado con las místicas botellas a color que inevitablemente te hacen querer descifrar el sabor de cada uno. El hueco estratégico en el centro para guayar el grueso bloque de hielo y por supuesto, las abejas que literalmente bailan entre el syrop y los clientes.
Todo estaba dispuesto para complacer mi antojo. El trato amable del friero, que ante mi queja de su escasez me dijo con una sonrisa que “aún quedan unos cuantos” y no me quedó más que darle crédito al destello de honradez y seriedad que delata a los hombres de trabajo. Allí estaban mis  sabores predilectos y hasta encontré apoyo en un par de clientes que trataban de sacarle el cuerpo al calor de estos días de junio y que sin pretextos me acompañarían en esta aventura.
Sin embargo no puedo mentir. Los titulares, las crónicas de los periódicos, el conteo letal de víctimas del cólera, las imágenes de La Ciénaga y La Barquita, la falta de camas en el hospital Luis Eduardo Aybar, los rostros respectivos del Doctor Caraballo, Director de ese centro de salud, del Presidente del Colegio Médico, Senén Caba y del Ministro de Salud Pública, Bautista Rojas Gómez, desfilaron por mi mente y me faltó valor o quizá ese arrojo “irresponsable” que nos regala el desenfado de la juventud antes de los hijos y confieso que no pude cumplir mi deseo.
Por un momento ponderé seriamente jugármela pero qué va…me fui tranquila a casa, exprimí un par de limones criollos y me fui por lo seguro. Nada personal.

lunes, 20 de junio de 2011

LA MUSICA: COMPAÑERA DE VIDA

Puedo decir que la música me ha acompañado toda mi vida. Todos mis recuerdos llevan consigo una canción que los identifica, que marca esa época a ritmo de alguna canción o con la voz de algún cantante. Mi familia completa es música y cada uno de ellos es una canción.
Desde pequeña, los recuerdos que viven en mi memoria tienen notas musicales. Mi mamá, ha dejado en mí el legado de José Luis Perales  y Dyango; escuchar una canción de Perales es lo mismo que revivir un viaje desde Santo Domingo a Nagua, en el viejo “rojito”, un fiel Datsun 120i que estuvo con nosotros por mucho tiempo.
 
Ramona, mi hermana de crianza y en quien veo a una figura materna, se encargó de que hoy en día escuche a Leo Dan cantando “esa pared” y me remonte a los años de mi niñez en los que mi mayor dilema era elegir el sabor de un helado y el color del vestido de cualquier viernes.

Juan Miguel, mi hermano mayor, viene a mi cabeza cada vez que escucho un bolero de Fernando Villalona, de esos que él suele interpretar con tanta masculinidad haciendo gala de sus dotes de cantante encantador ante la oportunidad de cantar en cualquier karaoke.
 
Los Guaraguao, Mercedes Sosa, Serrat, Sabina, Raphael, Sonia Silvestre y Anthony Ríos es hablar de Yenny, la mayor de las hembras, que por la situación política de finales de los 70, acompañaba a mi mamá en sus jornadas de lucha y sus visitas a La Victoria mientras mi papá guardaba prisión, víctima de la persecución política de ese tiempo. Una herencia que hoy en día, Yenny  conserva y atesora con mucho cariño y orgullo.

Ivelisse me contagió el gusto por los Pet Shop Boys, Erasure, Duran Duran y los exponentes de la música de los 80’s que me hacen pensar en las fiestas en casa de nuestros vecinos Luisito e Iván, que con tanto celo observaba y a las que por razones de mi corta edad nunca estuve autorizada a asistir. Escucho “Suburbia” o “Domino Dancing” e irrevocablemente viene a mi cabeza la imagen de Ive montando skateboard y la moda de los patines que arrasó en esos años.
 
Ni hablar de Nat King Cole o del merengue…por mi papá, el merengue ha sido el personaje principal en la vida de mi familia. Tatico Henríquez sigue siendo el compañero de viajes y fiestas familiares de todos los tiempos. El sello de la familia, sin lugar a dudas es el merengue típico. Invitado puntual en todos los eventos que han marcado nuestras vidas.

Esta liga de ritmos, que van desde canciones de protesta hasta pop rock contemporáneo, me permiten el lujo de pasar sin dificultad desde “Lucía” de Joan Manuel Serrat a “Joaquín García” de Tatico Henríquez y de repente el ánimo toma forma de “Take on me” de Aha  o Sergio Vargas o Milanés una vez más.
 
Hoy, esta mezcla inusual me hace reconocer el poder de la música en mi vida y agradezco a cada uno de mis protagonistas la herencia musical y el gusto peculiar que poseo en cuanto a música se refiere, porque a cada uno de ellos se debe.

La música es capaz de colorear el ánimo más gris y de igual forma nos acompaña cuando la melancolía ataca al corazón, con razón o sin razón alguna. La música es noble y de igual forma tan poderosa como hermosa…y sin más explicación, ahí está su magia.

lunes, 13 de junio de 2011

LA BONDADOSA CIUDAD

Mi constante afán por evadir incómodos tapones sumado a la necesidad de ahorrar combustible, en tiempos que el altísimo costo de la gasolina parece ahogarnos, me ha llevado a buscar rutas alternativas todos los días cuando me toca cumplir con mi horario de trabajo. No me quejo, lejos de ser una aburrida y pesada tortura, las distintas rutas mantienen mi interés en el camino y cada mañana disfruto toparme con escenarios distintos que me recuerdan la belleza de mi ciudad y la dicha de vivir en ella.

Unas veces me toca el mar, aunque me tome más tiempo, el Malecón de Santo Domingo me ofrece la ventaja de los escasos semáforos, de la impresionante vista del inmenso mar Caribe y el usual cielo despejado que corona la ciudad; sin hablar de la elegancia de las palmeras que adornan todo el recorrido. Otras veces cruzo las espigadas edificaciones de la Anacaona y me envuelvo en la extraña mezcla de concreto y arboles de esa avenida, entre la modernidad de algunos de los suntuosos edificios y el verde de los árboles del parque.
En algunas ocasiones, la tumultuosa avenida 27 de febrero resulta la mejor opción para llegar a mi lugar de trabajo y disfruto la generosidad de los elevados, los rostros de la gente del tapón, las ocurrencias de los vendedores de los semáforos, la impaciencia de muchos conductores y la decencia y la gentileza de otros cuando ceden el paso en una ciudad que corre con tanta prisa.
Hace días, negada a rendirme ante la aburrida monotonía decidí probar suerte con la avenida del Mirador o de la Salud. Una nueva ruta que, aunque me iba a tomar más tiempo llegar a casa, prometía hacer mi viaje más ligero y diferente a los días anteriores. Para mi sorpresa, a solo unos metros de iniciar el recorrido, un inmenso flamboyán repleto de flores me recibió y rindió cuentas de lo que iba a ser un camino lleno de color y belleza natural. Traté de contarlos, pero al perder la cuenta decidí reducir la velocidad y disfrutar aquel paisaje clavado justamente en medio de la ciudad.
Un taxista a la espera de cualquier servicio en el área, ajeno a la belleza de aquella estampa, se cobija debajo de uno lleno de flores en su copa que ha pintado de rojo anaranjado hasta el tosco concreto. Cuatro agentes de la policía que reposan la comida del mediodía, aprovechan la sombrita y el fresquito que se disfruta debajo de otro de esos árboles. Una señora que vende pastelitos en una bandeja cubierta con una funda plástica negra, se sacude del pelo un par de flores que desinteresadamente le regalan las mismas ramas que le brindan su sombra acogedora. Incontables flamboyanes se dejan admirar a lo largo de los fluidos kilómetros de la avenida del Mirador.
Todas y cada una de las rutas, con sus encantos, con sus tapones y con su gente nos recuerdan la bondadosa ciudad en que vivimos y de que en toda situación negativa siempre habrá algo positivo que nos recuerde que no todo está perdido.

lunes, 6 de junio de 2011

NI TAN INTOCABLES NI TAN PREPARADOS

A diario los periódicos llegan cargados de noticias trágicas y hechos sangrientos. La cotidianidad de estos sucesos nos ha hecho perder un poco la sensibilidad y la capacidad de asombro.
Sabemos de las frías estadísticas que nos dicen que la violencia nos arropa,  hablamos de feminicidios, violencia de género, abusos, atropellos, asaltos, nuevas modalidades de robos tan organizados y sistemáticos que parecen sacados de alguna película, circulan correos advirtiendo sobre sustancias alucinógenas que son utilizadas en asaltos y en violaciones, sucesos que en el momento despiertan nuestra preocupación, nos ataca el sentimiento de desprotección y solo nos queda encomendarnos a la buena de Dios.
Sin embargo, leemos los titulares con cierta actitud de seres intocables y totalmente ajenos a que mañana o en cualquier momento a nosotros mismos nos toque leer un nombre familiar en esas fatídicas notas que cuentan de víctimas y victimarios. No creo que nadie esté preparado para ello. Ni siquiera para vivirlo de cerca.
Recientemente esa misma violencia terminó con la vida de una joven amiga, que conocí mientras vivía en Bávaro, provincia La Altagracia. Un pequeño de apenas seis años queda sin su madre, una familia destrozada y los amigos que no salimos del asombro y la indignación de ver cómo a una muchacha llena de sueños y aspiraciones, le roban la vida a cuatro meses de terminar su carrera universitaria y contando con solo 26 años, cuando la vida apenas se calienta para empezar.
Para mi propio asombro, esa misma mañana leí en los diarios los detalles de aquel hecho y aunque ajena a la realidad me conmovió.  Cumpliendo mi trabajo de presentadora de noticias, a mi misma me tocó leer la nota que reseñaba la tragedia con nombre completo, edad y lugar del suceso, todavía sin caer en cuenta de quien se trataba. No fue sino hasta dos días después cuando una buena amiga me llama y entre lágrimas me cuenta lo sucedido.
La misma actitud de seres incrédulos e intocables fue la que no me permitió leer y ver más allá de mis propias narices.
Sin lugar a dudas, el hecho mueve todos los sentimientos hasta del más duro de corazón  y nos pone a pensar en la fragilidad de la vida y en lo expuestos que estamos aun sintiéndonos tan intocables y tan preparados para enfrentar la vida…pero y la muerte?
A Georgina.
A José.