lunes, 17 de octubre de 2011

QUE SE TOME SU TIEMPO!!!

PARE EN ROJO
Entre la prisa matutina, los extensos tapones, el malhumor de muchos conductores, gente literalmente peleando en los programas de radio y la misma historia de nunca acabar de los problemas que nos aquejan...toparse con el colorido de las flores y el noble verde de sus hojas que contrastan con el tosco concreto y el gris de la "civilización" puede convertirse en un dulce jarabe para el alma. Si tiene el chance de encontrarlas...disfrutelas!! Por mí que el semáforo y el tapón se tomen el tiempo que quieran!

DEL DIA QUE VOLVIMOS A LA VIDA

De repente volvimos a la normalidad. Gente caminando erguida en las calles, con la vista en alto; llegó el fin de las distracciones en los tapones; se terminaron los peligrosos frenazos de golpe; volvimos a hablar mirando a los ojos; los pulgares recibieron un merecido descanso; las parejas se vieron obligadas a conversar y nueva vez recibimos llamadas en lugar de un vibrante e insistente PING rojo en el cuadro de texto de mensajería del BBM.
Nada de darle el crédito a las multas de AMET y menos a los videos en la red que a modo de crear conciencia, muestran fatales accidentes causados por textear manejando. Una falla en la plataforma de RIM, la compañía que da soporte a los teléfonos Blackberry, fue la causante de que millones de usuarios cayeran en cuenta de la vulnerabilidad de la tecnología y sobre todo de estos aparatos que muchas veces creemos que son implacables.
Ese día finalmente supimos que RIM son las siglas para Research In Motion, a pesar de haber visto sus iniciales un millón de veces anteriores. Nos volvimos expertos en tecnología y las opiniones no se hicieron esperar, unas comprensivas, otras desesperadas y las muchas de los usuarios de Iphone, que en ese momento se sintieron dichosos de su elección.
Más de 24 horas con un timeline estático en Twitter, sin notificaciones de Facebook, sin lograr recibir un sólo correo electrónico sin importar la urgencia del mismo y con el BBM negado a recibir o enviar mensajes. La vida social, el entretenimiento y el empleo de muchos dominicanos fue casi nulo ese día. La insistencia a cada instante cuando incrédulos enviamos mensajes a ver si por fín el BB había regresado del más allá, del mismo sitio gris a donde pertenecen los aburridos teléfonos que solo sirven para llamar y quizás para despertarnos cada mañana. Paradójicamente, por primera vez anhelábamos un BC o mensaje masivo.
Todo esfuerzo fue en vano. Para aquellos optimistas que no perdían la fé, la vida siguió su curso de manera convencional, desde la computadora. Otros invadidos por la impotencia colgaron la toalla y tuvieron que esperar que RIM resolviera aquella fatídica avería. Y a modo de lentejas, sin más ni menos esas eran las únicas opciones que la tecnología nos dejaba.
Que sirva la experiencia de aquel día para recordarnos que los telefonos, las redes sociales y el internet son puras herramientas y deben ser usadas como tal. Que no se conviertan en nuestros propios enemigos y menos que arrastren consigo rencillas y hasta crímenes que acaban con la vida de seres humanos de la manera más estúpida.
Mientras tanto, justo cuando muchos lamentábamos aquella baja en el sistema, la otra parte de la población celebraba tenernos de vuelta con ellos. Los hijos, esposos, los padres y los amigos que ávidos de nosotros siempre nos esperan para seguir viviendo.
“END CHAT/ FINALIZAR CONVERSACION”

lunes, 10 de octubre de 2011

MISION FOTOS VIEJAS

Limpiar un closet, vaciar una gaveta, organizar papeles o documentos en la computadora se convierte en casi un reto cuando nos detenemos a mirar fotografías. Justo ahí el tiempo se detiene, se posterga la labor de limpieza y no queda de otra que entregarnos a vivir y revivir. El encanto de las fotos viejas nos obliga a bajar la marcha y saborear aquellos recuerdos como si viviéramos el momento. No hace falta cerrar los ojos, por el contrario, mientras más abiertos y atentos a los detalles con más claridad los revivimos.
Hasta el más lleno de voluntad sucumbe ante sus encantos, porque la fotografía guarda ese magnetismo capaz de envolvernos y embriagarnos de nostalgia. Las fotos son como el buen vino, mejoran con los años y van ganando un valor incalculable que sobrepasa lo histórico y se llena de sentimientos.
Desde grandes amores, el nacimiento de un hijo, la celebración de un cumpleaños, el primer día de escuela, aquella fiesta inolvidable, los grandes amigos, los amores prohibidos, la unión familiar, la belleza de una flor, el rostro de un personaje o la tristeza de un día gris, todo esto es capaz de ser captado por el lente de una cámara que oportunamente atrapa el mágico momento y años después nos permite pasear placenteramente en la historia.
La tecnología actual con los telefonos celulares y las cámaras digitales nos han facilitado el asunto. Tomar una foto y compartirla ya no requiere de aquella trabajosa tarea que antes exigía. Llegué a vivir los tiempos de las cámaras fotográficas con rollos y recuerdo a modo de chiste, el laborioso proceso de tomar fotos y revelarlas y me parece casi insólita la espera para apreciar la imagen y darnos cuenta que uno del grupo cerró los ojos o en un caso peor, la imagen salió muy oscura o casi negra. Más tarde recibimos con asombro la generosidad de las cámaras polaroid que nos permitían tomar fotos y disfrutarlas en cuestión de un instánte.
Por eso valoro tanto las fotos de mi infancia y la de mis hermanos. Me toca reconocer llena de agradecimiento el esfuerzo de mi mamá que en medio de crisis se tomara la molestia de eternizar los momentos y darnos el lujo de tantos años después vivir de nuevo y permitir a nuestros hijos vivir a través de las fotos viejas.
Cada año dentro de mis resoluciones me propongo guardar momentos cotidianos y alimentar el hábito de fotografiarlos. Hace mucho decidí no borrar fotos sin importar que tan justas sean las imágenes con el físico, porque muchos años después se convertirán en fotos viejas y nos devolverán el mágico favor con creces cuando el recuerdo nos robe un suspiro.
Todos, sin excepción, guardamos recuerdos y atesoramos fotografías que nos ponen a volar entre nubes, que alimentan el alma y nos devuelven a la realidad con una sonrisa en los labios y en el corazón. Que nadie le borre sus fotos, que nadie le robe la oportunidad de vivir y revivir sus recuerdos cuantas veces le dé la gana y sin pedir permiso. Esos momenticos hacen la vida más dulce.

lunes, 3 de octubre de 2011

EL NECESARIO SAN MIGUEL

Coincidir un 29 de septiembre en el Pequeño Haití con la celebración del Día de San Miguel me hizo descubrir un submundo que vive latente entre los muchos devotos del Arcángel. Como un juego del destino ese jueves vestía una pieza de ropa roja y me tocó ir a comprar unas flores al citado barrio donde muchos compatriotas haitianos viven y se ganan el peso en los comercios informales de la zona, sin querer logré confundirme con una de las mujeres que le compran flores al santo.

Para llegar allí nos tocó evadir el tapón de los alrededores de la Iglesia San Miguel, que ese día se viste de fiesta y recibe a miles de feligreses para celebrar al santo. Entre música de palos, bizcocho, tabaco y ron le rinden tributo al Coronel de la Milicia Celestial. Aquello es impresionante, hombres, mujeres y niños con ropas vistosas, paños de colores brillantes en la cabeza, hombres personificando a San Miguel, una doña que reparte bizcocho, devotos que se “montan”, ofrendas florales, fieles acariciando la imágen del santo, todos bailando a ritmo de los palos y por supuesto fumando tabaco.
Transitar los alrededores se vuelve imposible. La fiesta se extiende a todas las calles cercanas y por ello, comprar flores cerca del Mercado Modelo me permitió conocer más de la celebración que lo que pude haber conocido en todos mis años viviendo en una zona aledaña.
Nos atendía un jovencito domínico haitiano, nacido en el Batey 3, cerca de Tamayo en Barahona, al sur del país. Mientras nos preparaba las flores, se las ingeniaba para atender a sus demás clientes que iban al lugar buscando hojas de ruda, para darse baños y alejar “lo malo” y a un hombre joven notablemente ebrio que le solicitó una chata de clerén por 40 pesos, bajo el inclemente sol que no perdona cuando apenas marcaban las 3 de la tarde.
Mientras el muchacho, que no pasaba de 22 años de edad, nos contaba que no había nacido para estudiar sino para trabajar, una peinadora nos interrumpe con las estridentes bocinas que a ritmo de palos anuncian una fiesta en honor a San Miguel en una discoteca de la zona oriental. Un hombre que compra en el puesto del lado grita a todo pulmón que “Bonyé es el mejor de todos los hombres” mientras la marchanta con pañuelo rojo en la cabeza y tabaco en la boca le responde con un “y San Miguel tambien”.
A pesar de haber nacido y vivido en San Antón, a escasas cuadras del barrio San Miguel, no conocía de la importancia y la magnitud de la celebración  hasta este año que me tocó vivirla un poco más de cerca. Aunque no soy seguidora de San Miguel, me toca quitarme el sombrero ante aquellos que sí creen en él fervientemente y que cada año se entregan al santo en fiesta y ofrendas de devoción.
Llegó la hora de pagar y dejar en su puesto aquel mundo donde evocar a un santo y celebrarlo se convierte en un respiro de alivio entre tantas adversidades y donde sólo se respira necesidad. Entre la delincuencia que azota al país, la justa lucha de un pueblo por un 4 por ciento para educación y el mismo bolero de los políticos, la música de palos, los colores y el sabor a pueblo que cree ciegamente en la fé, San Miguel, una de las más conocidas potencias de la santería popular, es más que necesario para alivianar la carga de la gente justo cuando finaliza septiembre.

lunes, 19 de septiembre de 2011

MI ROMANCE CON LOS LIBROS

He hecho un esfuerzo por recordar cuál fue el primer libro que leí y a pesar de mi buena memoria ni asomo de aquel recuerdo. A los seis años papi y mami ya me compraban las fábulas de Esopo y aún guardo en mi cabeza hasta las ilustraciones de aquel libro grande que me compraron una mañana en la librería Fermín, a dos esquinas de mi casa materna.
Pocos años más tarde, mis padres me pagaban cien pesos por cada libro leído y comprendido, que para una niña en los años ochenta aquella suma era una fortuna que requería fina destreza para administrarla.
Cada libro es atesorado en mi memoria y cada uno de ellos tiene vida propia en mi imaginación y en mis recuerdos. Por ejemplo, en mi cumpleaños número 13 recibí como regalo una novela de Laura Esquivel con una dedicatoria hermosa que aún guardo entre mis más preciados libros.
Cada episodio de este romance tiene su historia y tiene su gente. Mi familia, mis amigos, profesores y compañeros cada uno se ha hecho cómplice de este amorío y ha hecho sus aportes a la lista. Por mi familia, puedo decir que crecí entre libros. Y es que en casa, sin importar espacio, los libros siguen teniendo su lugar especial.
De mis amigos he heredado infinidad de libros y en muchos casos, grandes amistades han nacido a partir de ellos. Al amigo Vianco Martínez le debo mi cariño por los clásicos, hace muchos años me motivó a leer a Victor Hugo con “Nuestra Señora de París”, una obra que no sólo la disfruto cada vez que la releo sino que despertó en mí el interés por el género. Con Raquel Inoa, conocí el mundo de Almudena Grandes, una pluma genial y moderna, todo por un famoso préstamo que me niego a saldar y que reposa en mi librero.
En el caso de los profesores, siempre me he considerado dichosa. A lo largo del interminable camino del saber he tenido el honor de contar con maestros que me han llenado de inspiración. Aunque siempre fui un caso perdido en matemáticas, las horas de literatura o lengua española se me hacían cortas. Entre todos, Doña Carmen en mis años del Liceo Estados Unidos  fue una de las que más insistió en el hábito de la lectura y en presentarnos aquel fascinante mundo con tanta pasión y empeño a pesar del desinterés de una gran parte de la clase.
A mis 31 años me lamento de a veces no leer todo lo que quiero; de terminar los días tan agotada que el ánimo no alcanza para unos cuantas páginas mas y de que ir a una liberia a comprar mis libros con la entrega y dedicación de antes se haya convertido en un lujo.
Por suerte, con tantos avances tecnológicos en estos tiempos leer un libro sólo requiere de interés y en algunos un poco de voluntad. Y lo cierto es que fabricar el tiempo y hacer el espacio para el saber vale la pena. Les aseguro que una vez abierta la mágica puerta de la literatura se rendirán ante sus encantos y no tendrá mas remedio que vivir un romance de por vida seducido por las páginas de un buen libro.

lunes, 12 de septiembre de 2011

EL ENCANTO DE LOS PANCHOS

Mis hermanos y yo fuimos criados en medio de situaciones económicas no muy holgadas. Mi papá, víctima de la persecución política por sus ideas revolucionarias y mi mamá, haciendo magia para arreglárselas sola y no fallar en el intento. Pero la dicha no nos ha abandonado nunca. Parte de esa dicha es el hecho de contar con una familia relativamente numerosa, con muchos primos contemporáneos con los que siempre hemos guardado una estrecha relación que va más allá del vínculo sanguineo. Gracias a esas tías, tíos y primos conocimos el encanto de los panchos.
Unos les llaman relevos, otros les dicen remúas pero lo cierto es que no creo conocer a una sola persona que en su vida no haya heredado ropas o zapatos de sus hermanos mayores, de los primos o hasta de los amigos cercanos de la familia, amigos de esos que el tiempo y la cercanía le asignan el titulo de “como si fuera mi tío”. Sin importar estatus social, riqueza o pobreza, todos nos hemos puesto un pancho.
Para mí, y podría pecar de más romántica de la cuenta, se trata de un acto extraordinario de nobleza por parte y parte. De un lado, el desprendimiento sin arrogancia y sin desprecio del que da, y de otro, la digna humildad con que se recibe el regalo. Y si se piensa, a cualquiera se le desborda el corazón con aquel acto de entrega y la carga de sentimientos que pasa de una generación a otra sin darnos cuenta.
En mi familia, guardamos una prenda insignia que ha sido vestida por todos mis hermanos, por los hijos de mis hermanos y aspiro a que mis hijos y los hijos de mis sobrinos puedan vestir ese cardigan azul marino bordado con rayas finas blancas a la altura del pecho, aunque sea para una foto.
El misticismo de los panchos va más allá de la necesidad. No se trata de dar a los que no tienen, se trata de extender la dicha. No se trata de insultar o echar en cara la carencia, es más bien identificarnos con las necesidades del otro y lo más hermoso es el sentimiento de bienestar que reposa tanto en el que da como en el que recibe con las manos abiertas y lleno de felicidad.
Soy una fiel asidua de los panchos. Sé dar lo que tengo y compartir con los que necesitan, porque he recibido desde siempre infinidad de panchos que los atesoro y los recibo cual prenda nueva recién comprada en una tienda; mi hijo ha sido también beneficiado desde antes de nacer con tantos panchos, que gracias a la generosidad de mis amigas y mis familiares, fue muy poco lo que tuve que comprar para su nacimiento y aún en la actualidad sigue heredando panchos que son bien recibidos en el hogar y que serán eternamente agradecidos.
Con estas lineas rindo honor y me inclino ante la magia y el encanto de los panchos. Los celebro y los invito a que conozcan sus bondades, pongan en práctica el ejercicio de dar con dignidad y recibir con humildad.

lunes, 5 de septiembre de 2011

EL GUSTO DE COMPARTIR

Una visita a una heladería y una vuelta por el supermercado me pusieron a pensar en la importancia de compartir. En el primer establecimiento, una jóven de menos de 20 años, pero con las visibles huellas que deja el malpasar en el físico, se quedó corta a la hora de pagar una barquilla por falta de sólo 10 pesos. En esa misma semana pero en la caja de un supermercado, una señora que aprovechaba la funda de arroz en especial, entre nervios e incertidumbre la cuenta le toma por sorpresa y casi devuelve parte de los pocos productos, todos de primera necesidad, cuando la amable cajera le da el monto total y descubre que le faltan algunos 50 pesos.

La vida te prepara para enfrentar momentos como estos dependiendo de la formación en casa, del grado de humanidad que has aprendido por el ejemplo predicado y practicado por los padres y de la sensibilidad que guardes en tu corazón. Ayudas, o ignoras la situación y te haces de la vista gorda como que el asunto no es contigo.

Es una ley de vida aquello de que el que quiere compartir no duda en desprenderse de las cosas materiales y de que, por el contrario, el que no mira más allá de sus propias necesidades siempre encontrará una excusa para no hacerlo.

Desafortunadamente vivimos en un mundo regido por el individualismo y las personas movidas por la entrega y el desinterés se vuelven cada vez más escasas; mientras abunda la gente que urge de ese desprendimiento de corazón.

Ciertamente somos un pueblo solidario. Nadie puede negar que las grandes tragedias nos mueven, que existen miles de organizaciones que realizan loables labores, que suben muchos jóvenes movidos por esa entrega de corazón que dan a los que tienen menos. Pero más allá, existe el compartir cotidiano, la actitud de echar la mano y la capacidad de caminar con los zapatos del otro.

Lo que es poco para usted, le resuelve la vida a otra persona. Desde un plato de comida hasta una mochila del año pasado que su hijo se niega a llevar al colegio este año. De igual forma como usted no espera domingo o diciembre para estrenar, no espere tragedias para donar ropa de su vestidor. Basta con mirar a su alrededor para encontrar quien necesite de aquello que usted tiene. Y creáme, todos tenemos de ese algo.

Inculque a sus hijos la cultura del dar, del desprenderse de las cosas y enseñe con el ejemplo lo dichoso que nos hace el simple hecho de poder compartir con los demás un poco de aquello que se nos hace cotidiano. Economizar no se trata de ser mezquinos porque la pobreza no reside sólo en el bolsillo. No se trata de cubrir necesidades y menos de resolver los problemas de todo el mundo, pero sí de retribuir un poco la dicha que nos regala la vida, haciéndolo de corazón y abanderados siempre de la humildad silenciosa.