lunes, 6 de enero de 2014

CUIDADO CON EL KARMA, DOMINICANOS



Para definir el karma los gringos tienen una frase que reza “what goes around, comes around” que en un inglés de muelle va más o menos como que “lo que va, viene”. Precisamente, entre gringos y karma, la frase es lo primero que viene a mi cabeza cuando pienso en la controversia que ha desatado una sentencia emitida por el Tribunal Constitucional que niega la nacionalidad dominicana a quienes nacen aquí pero cuyos padres extranjeros se encuentran en el país en situación de transito, incluso de manera retroactiva.
Como todo en la vida, hay quienes defienden a capa y espada la decisión del tribunal y en un tiempo record han convertido en cliché las palabras soberana e independiente. Otros, defienden el derecho de cada uno de nosotros de tener una nacionalidad y no dormir en el letargo del limbo jurídico condenados a ser apátridas toda la vida.


Siendo honesta, me había negado a mi misma el permiso para escribir del tema y me había impuesto una inútil auto censura por varias razones, suficientes en su momento, como para justificar aquella línea editorial que yo misma traté de llevar a cabo. Sin lugar a dudas, es un tema muy delicado que despierta pasiones de todo tipo, con un millón de matices que le impiden ser blanco o negro y que por ende, se hace imposible analizar con miras a encontrar una salida justa. Siempre habrá quien pierda y ya se sabe que a nadie le gusta perder.

Desconozco de temas jurídicos y sería una falta grave a quienes se han pasado años en una universidad y ejerciendo en tribunales, que ahora yo quiera hacer de periodista y abogada como si se tratara de un dos por uno en un supermercado. Pero sin ánimo de usurpar funciones, retumba en mis oídos la palabra retroactiva y de repente, cobra sentido en mi cabeza.

El tema haitiano, más allá de ser visto puramente migratorio, envuelve tanto drama humano, tantas precariedades y dolencias, que las leyes y los tribunales se quedan cortos. Siempre habrá quienes queden insatisfechos con las decisiones que se puedan tomar en torno a esa situación y por ende, siempre habrá quienes las sufran en carne viva y la búsqueda incansable de una mejor vida y mejores condiciones humanas, no está supuesta a doler tanto y sufrir tantas humillaciones.

No pretendo sacrificar la esencia de lo que nos identifica, ni prender en fuego nuestra soberanía como país que nos distingue, no sólo de Haití sino de todos los países del mundo, pero cuando se trata de ser justos no creo que la justicia esté cómoda con la idea de despojar de nacionalidad a quienes nacieron aquí y reclaman su derecho de exhibir una identidad propia.

Se me hace imposible sacar de mi cabeza a los miles de dominicanos que salieron de aquí a perseguir literalmente una mejor vida y mejores condiciones para ellos y para quienes dejan aquí. En Estados Unidos, somos tantos que son capaces de definir elecciones y puestos en el tren gubernamental. No hablemos de España, Italia, Holanda, Alemania, Francia y Suiza, donde por años nuestras mujeres no eran vistas con buenos ojos y los hombres llegaban allá dispuestos a hacer trabajos que nunca se atrevieron a hacer aquí, que quizás equivalen al corte de caña que se niega a hacer cualquier dominicano en un batey en el este.

La diplomacia y las relaciones internacionales ciertamente no aceptan el karma como política ni como medida de conciliación ante conflictos de esta magnitud, pero con tantos compatriotas regados en el mundo completo y recibiendo nosotros tantas remesas que dinamizan la endeble economía de este patio, apelara a una salida más justa y menos traumática para quienes lo sufren y para quienes lo ven desde fuera, porque como dicen los gringos…”what goes around, comes around” y no precisamente del otro lado del Masacre.

EL MUNDO PATAS ARRIBA


Siempre he escuchado decir que los tiempos de hoy no son los de antes. El mismo Joaquín Sabina en una de sus canciones dice “al lugar donde has sido feliz no deberías tratar de volver” como una clara convicción de que hay que seguir avanzando sin importar los tiempos. El pasado es casi siempre protagonista de la nostalgia y a veces hasta de la tristeza cuando de recordar tiempos mejores se trata.


No vengo en ánimo gris a imponer la nostalgia. Me gusta ser de los tercos que siguen caminando contracorriente o hacerme cómplice del viento con tal de avanzar a toda costa. Pero entre niñas embarazadas sumidas en la pobreza, la desdicha, el abuso y el abandono desde antes de tomar impulso para andar por la vida; curas y sacerdotes declarados en rebeldía y perseguidos por la justicia acusados de seducir y violar niños o noticias de un padre que mata a su propio bebé de siete meses de nacido, es difícil no cuestionarse el rumbo que tomamos los humanos en la sociedad de hoy.


Es irónico que en tiempos en que las donaciones y colectas para necesitados ya no sólo llegan de manos de políticos o gobernantes sino de gente, en su mayoría, movida por la buena voluntad, se escuche de otro lado a gente justificar el asesinato a balazos en una avenida de la capital de un joven limpiavidrios por no perdonar una agresión material. Cuesta creer, pero los hechos así lo confirman a gritos, que la vida vale menos que un carro.


No sé que me espanta más, el hecho de matar por un arranque a un ser humano, sin importar condiciones, o leer y escuchar a quienes consideran como una agresión gravísima que otro mortal les agreda su vehículo o su propiedad al punto que eso les valga la vida. Ni el más grave de los latazos o el más feo de los rayones justifica quitarle la vida a un ser humano y por ende pasarse el resto de sus días prófugo de la justicia mientras el cuerpo resista y la suerte esté de su lado, aquí, en Colombia o en Japón. Una cosa es defenderse y otra es descargar la ira y agredir.


Recuerdo con nostalgia los tiempos en que se auxiliaba a un extraño con un ataque de epilepsia, por citar un ejemplo de aquellos años,  y miro con pena la realidad de estos años que no nos permite ni siquiera indicar una dirección a quien se encuentra legítimamente desorientado. Vivimos presos del miedo y la desconfianza se ha vuelto una necesidad para poder sobrevivir en esta selva de salvajes. Y no es para menos.


Alcanzamos niveles de inseguridad en los que a veces se hace necesario pedir disculpas a quien nos pisa o nos empuja a fin de evitar tragedias y donde una mirada mal puesta nos puede costar el último aliento. Los pleitos se resuelven con un sicario en oferta que fija en cien mil pesos el costo de una vida o acido del diablo en cualquier callejón.


No hace falta un estudio exhaustivo para caer en cuenta que el mundo anda patas arriba, mientras se nos escapa la capacidad de asombro, la sensibilidad, el sentir humano, el empoderamiento, la caridad y hasta algo tan esencial y mecánico como los modales. Nos anestesia la triste conformidad con lo injusto y nos golpea el letargo de no hacer nada más que quejarnos.


Mientras despertamos, mientras nos avispamos, yo seguiré creyendo en la buena voluntad de la gente y convencida de la ley de vida de causa y efecto que trato de profesar a diario…recibes lo que das.

SABER GANAR, SABER PERDER


El espíritu competitivo vive en cada uno de nosotros. Todos llevamos por dentro la fiesta lista y armada para celebrar los triunfos y los bríos que se necesitan cuando falla el aliento en el afán por ganar y muchas veces hasta sin saberlo. Unos, en su justa medida que saben dosificar las ansias de ganar y consiguen el equilibrio perfecto para saborear victorias con humildad y otros, que se dejan embriagar por las mieles de la victoria y se llevan a su paso todo lo que encuentran sin medir consecuencias en el viaje de vuelta.

Lo cierto es que a todos nos gusta ganar y a nadie le gusta perder. La desgastada frase de “lo importante es competir” cada vez parece más en desuso y fuera de circulación. La gente, en todas las áreas y niveles, entrena en la vida para ganar mientras se olvidan de, en honor al difícil equilibrio, aprender también a manejar y aceptar dignamente las derrotas. A esos, que no aceptan una derrota, la falta de humildad y la ceguera que provoca la terquedad, les basta una batalla perdida para dejarlos aturdidos y abatidos en la lona.

Y es que toca admitir que a cualquiera seduce la victoria. Pocos se resisten al coqueteo descarado de poder ganar, de vencer, de demostrar al mundo y hasta a sí mismo, de qué estamos hechos y de lo que somos capaces de hacer cuando la mente, el cuerpo, el alma y las ganas trabajan en armonía para lograr una meta. Vencer al oponente, vencer a la mente, vencer a la voz negativa que a todos nos susurra en medio de la lucha, y vencerse a uno mismo, deja la convicción de que no todo está perdido. Sacar de abajo cuando se cree que se agotaron las reservas y demostrar que es posible, quizás a pesar de la mala fe y en contra de todos los pronósticos, es quizás el acto que más valentía requiere en medio del diario vivir.

Lo único que supera en valentía y coraje a sacar bríos donde olvidamos que habían es sin duda alguna levantar las piernas cuando tropezamos. La luna de miel con la gloria y las campanas de victoria son efímeras porque las batallas se libran a diario en el campo de la vida. Perder una batalla, insistir, volver a perder y volver a insistir hasta por fin ganar, requiere de igual o quizás más coraje que alzarse con la espada y la cabeza del adversario.

Si bien ya no es tan importante “sólo competir” recuerde que la humildad y la bondad aún no pasan de moda. El triunfo de hoy puede convertirse en la derrota de mañana o viceversa. La vida se mantiene girando y no sabemos a ciencia cierta a quien tendremos que mirar a los ojos mañana.

Asuma sus victorias con regocijo y ponga en práctica la humildad, como un ejercicio de grandeza. Conquiste sus miedos, demuéstrese a usted mismo y después a los demás el tronco de ser humano que usted puede ser, no se deje arrebatar lo que a usted le corresponde, por lo que usted ha trabajado o lo que se ha ganado, defiéndase de la vida y de los que estamos de paso aquí, que en ocasiones solemos ser muy crueles, pero mantenga siempre pendiente el mensaje que su defensa envía a sus hijos, a su familia, a sus amigos y a sus seres queridos, porque al final de la jornada cuando dejemos de estar, el legado de grandeza y humildad es lo que queda.

domingo, 11 de agosto de 2013

JOSELITO: LECCIÓN DE VIDA

Cierre los ojos por unos minutos, sumérjase en ese negro eterno, trate de seguir la vida a oscuras, intente llevar a cabo su rutina a tientas, con los ojos cerrados y a oscuras haga esas cosas que hace todos los días, como si de repente realmente hubiese perdido la visión, sólo imagine. Esa es la vida de Joselito Hernández desde 2005 cuando a los once años de edad una bala perdida le robó la visión.

Quizás la disputa por un punto de venta de drogas o algún tumbe en plena madrugada terminó con un tiroteo y una de las balas alcanzó a Joselito mientras dormía en su casa en el barrio Gualey. Para muchos, sólo imaginar perder algo tan vital como el sentido de la vista puede parecer el fin de la vida o echarse a morir. Ese no es el caso de este joven de 19 años que anda en plena ciudad de Santo Domingo dando gratuitamente lecciones de vida.

La brisa fresca del despertar de una mañana de julio trajo consigo a Joselito Hernández a mi vida. Yo terminaba de correr en la pista de calentamiento del Centro Olímpico y ya disponía a subirme al carro, rumbo a casa a empezar la faena de aquel lunes. Había llovido, entre lodo y charcos él sorteaba el paso para, con ayuda de su bastón, lograr llegar a la pista que aún estaba a unos cien metros de distancia.

En aquellos cien metros o menos, no contuve la curiosidad y le pregunté qué buscaba allí, es inusual, al menos para mí lo era, toparme con una persona no vidente en una pista de atletismo, y para mi sorpresa me contestó con un “aquí vengo a entrenar”, asombrada lo ayudé a llegar a la entrada, nos presentamos y allí nos despedimos.

Una semana más tarde, nos saludamos y con apenas un timbrazo de mi voz me reconoció al vuelo y de una forma impresionante me dijo de manera acertada el canal donde leo las noticias. Lo único que ha logrado superar el asombro de aquella hazaña ha sido verlo entrenar.

Después de aquel agosto que le cambió la vida, Joselito se ha empeñado en vencerle el pulso al pesimismo y en cambio se ha convertido en todo un ejemplo de dignidad y superación personal. Aprendió el sistema Braille para leer y escribir, terminó el bachillerato, tiene planes de estudiar idiomas, se hizo masajista y terapista profesional, técnico en informática, además, Polayo como lo llaman en el medio artístico, canta y compone canciones urbanas, ha colaborado con varios cantantes de ese género, tiene pendiente una peculiar producción con Teodoro Reyes y por si fuera poca cosa, actualmente entrena como velocista de 100 y 200 metros con una muy buena marca personal.


 Con ayuda de su entrenador, Ángelo Díaz, Joselito ha aprendido de memoria cada movimiento de su rutina y de la manera más noble, se las han ingeniado para llevar a cabo el entrenamiento con una entrega casi de hermanos y en un acto de nobleza capaz de renovar la fe en la gente, Ángelo y Joselito corren a toda velocidad amarrados de la mano como si poder ver el mundo fuera lo menos importante.

Lo más valioso es la lección que Joselito nos está dando a todos, con un inestimable valor moral, porque cuando para aquel niño de once años pareció que su vida llegaba a su fin o cuando lo único que le quedaba era la invalidez o la incapacidad se creció, se sobrepuso a todas las adversidades y miren todo lo que ha hecho.


Joselito nos enseña cómo enfrentar y vencer las calamidades de la vida y cómo no hay razón para usted sentirse derrotado y vencido ante desgracias aparentemente irreparables que abaten sobre nosotros. Joselito es un vencedor, sobre todo porque logró vencer en dignidad y grandeza al funesto personaje anónimo que le robó la vista.

Joselito ha aprendido a realizarse, a no resignarse y por encima de todo a ser feliz. En mi blog (www.alma-enlibertad.blogspot.com) he compartido fotos y videos de este joven tan valioso y después de verlas me atrevo a preguntarles si aún quedan con ganas de quejarse porque hoy sea lunes. Y usted de qué se queja? 

lunes, 20 de mayo de 2013

SOY EDUCACIÓN, SOY PROFAMILIA


Como sacado de los años de la Edad Media, vivimos un episodio oscuro entre la Iglesia Católica y Profamilia al que sólo le faltan hogueras, horcas y guillotinas para completar el cuadro de la época.

Cuando pensábamos haber superado el oscurantismo de la iglesia, los papeles ocultos en el Vaticano, los secretos que mueren entre los muros de los templos, las denuncias que se callan entre obispos y sacerdotes y cuando se respira un aire menos europeo allí con el papado de Francisco, la Iglesia vuelve a dejar claro que se ha quedado rezagada sobre el andar agitado de estos tiempos que mas que andar parecen volar. Ha concedido razón a los holandeses que han decidido cerrar iglesias para abrir bares y centros de diversión por la falta de feligreses en misa.


Resulta ilógico oponerse y condenar la educación sexual en nombre de la religión. Me parece muy cuesta arriba pensar que la iglesia quiera resolver el grave problema de las adolescentes embarazadas, de los abusos sexuales, las violaciones, de la mortalidad de jóvenes embarazadas, las enfermedades de transmisión sexual, los abortos clandestinos, la natalidad sin control, por contar sólo algunos, sólo con exigir abstención en estos tiempos o ahogar las hormonas y rebeldía en las plegarias.

Negarse a eso es contribuir, precisamente, a que la gente viva llena de miedo a lo desconocido y alimentar mitos y tabúes que nada aportan a la sociedad ni al desarrollo de la gente. Ningún pueblo se ha abierto camino dejando a un lado la educación en todas sus vertientes. La sexual no es la excepción. Con tantas áreas indescifrables, la educación sexual se presta para todo tipo de confusiones que cobran un alto precio a quienes son víctimas de la ignorancia que se les obliga en nombre de lo divino.

Hablar de Profamilia es hablar de educación y la educación nunca sobra. No se sabe de nadie a quien le pese o haga daño el conocimiento; y esa labor empieza desde pequeños y para emprenderla hace falta prepararnos. Para hablar a nuestros hijos cuando llegue el momento de preguntarnos y cuestionarnos como lo hacen los pequeños de ahora, es necesario dejar el miedo y soltar la historia de la cigüeña que estoy segura pocos nos creímos en su momento y sólo alimentó las dudas y el misterio.

El desenfreno, las orgías, el libertinaje y otras formas de depravación humana, son otras cosas. Eso aquí no tiene espacio, aquí se discute de educación y de la libertad de tomar decisiones que están destinadas a marcarnos toda una vida. Si bien es cierto que hablar de sexo no es la solución, puramente tampoco lo es repartir píldoras y condones, pero de la mano de la educación, de conocer lo desconocido y tumbar el velo de misterio que resulta atractivo a los jóvenes, apuesto a que mejoramos las cifras.

Mientras tanto, yo voy a Profamilia porque apuesto a la educación. Ojalá del conflicto la iglesia decida sacudirse. No anhelo grandes cambios, me conformo con el mismo voto de silencio que voluntariamente asumen cuando estalla un escándalo de pedofilia y todos callan entre sí. Oremos, hermanos!

@paochaljub

lunes, 6 de mayo de 2013

PERMISO PARA ALARDEAR


Si algo valoro y exhibo con orgullo pleno es a mi familia. En cada uno de ellos encuentro inspiración, historias de vida que con cariño y a veces hasta sin saberlo me regalan y ejemplo digno como vivido por mi misma por la cercanía en el trato y el amor que de manera tan natural nos dispensamos entre todos.
Aquel dicho que reza “dime de qué alardeas y te diré de qué careces…” aquí pierde toda validez; porque si algo atesoramos en casa es la unión familiar que nos caracteriza y la costumbre espontánea de hacer común el problema del otro. Un problema de un hijo, de un hermano, de los sobrinos, de papi y de mami, es un problema de todos. El amor y la unión son la mejor herencia que de generación en generación vamos dejando como legado, especialmente en momentos en que la sociedad y la familia urgen de valores y al mismo tiempo se vuelven tan tristemente escasos.
Pero cómo no sólo de problemas vive el hombre y la familia, en la mía también celebramos y hoy, con la anuencia de ustedes, me permito celebrar con ustedes y así de paso convertirlos en dulces cómplices de mi felicidad, por la publicación del más reciente libro de mi papá.
No hace falta ser periodista o escritor para saber del esfuerzo, la disciplina y la dedicación que conlleva hacer realidad una obra escrita con concepto y con respeto. Las largas jornadas de trabajo y de labor intelectual que ocupa escribir un libro de historia. El ejercicio mental y físico que agota como un parto que se extiende por meses y muchas veces por años, lo que tome parir un hijo intelectual en nombre de perpetuar las vivencias y de aportar su cuota a la memoria histórica de los que no vivimos aquellos años.
Mi familia está de fiesta. Finalmente acariciamos el primer ejemplar de una obra más que mi papá regala a la historia y junto a él, saboreamos todos la satisfacción del deber cumplido y de la labor realizada.

“Manolo, cincuenta años después” es la publicación número trece de mi viejo, a propósito de cumplirse el 21 de diciembre, los cincuenta años de la muerte de Manolo Tavárez Justo, el principal dirigente del Movimiento Revolucionario 14 de Junio y el más grande líder revolucionario de toda una época. Escrita con la intención de contribuir al estudio y al conocimiento de una historia de lucha tan larga como intensa y noblemente movido por la necesidad que lo adorna de apelar a la esperanza para que no cese la batalla en el intento de rescatar y preservar la herencia de aquel líder inmortal, que aún hoy, a sus cincuenta años de desaparecer físicamente despierta el carisma de aquellos tiempos.
En mi casa hacemos patria cada día. Con el ejemplo de un viejo e incansable luchador que a sus 71 se mantiene firme en sus ideales, sin rendirse, sin venderse y siempre al pie del cañón. Su obra “Manolo, cincuenta años después”, que pronto se pone a circular, es una muestra fiel de que ni los años ni las canas en el pelo pesan tanto como para cambiar el rumbo de la conciencia cuando se tiene claro el norte de su lucha. A más de medio siglo de tomar la senda de la revolución, el hombre sigue creyendo fielmente en lo que lo movió a dejar la comodidad de su casa para internarse en las montañas abanderado de la sed de libertad.
La valentía, la constancia y la integridad de mi papá me regalan no sólo motivos para sentirme orgullosa y comprometida a hacer las cosas bien para hacer honor al nombre de él y de mi mamá sino también deseos de sobra para libremente alardear en esta Comparsa que es más de ustedes que mía y que de seguro me conceden el permiso de hacerlo, aunque sólo sea por hoy.

@paochaljub

domingo, 5 de mayo de 2013

CUANDO FALLA LA MEMORIA HISTÓRICA


La intensidad de los recuerdos es lo que marca la memoria. Me asombran los detalles que puedo recordar de mi niñez y la claridad con la que puedo rememorar episodios de mi vida. Nací en el gobierno de Don Antonio Guzmán, estaba pequeña en los años de Salvador Jorge Blanco y de los últimos gobiernos de Joaquín Balaguer y los acontecimientos de la época, me parecen haberlos vivido ayer.

Con apenas cuatro años recuerdo vívidamente un allanamiento durante el gobierno de Jorge Blanco, quizás de los últimos, que llevaron a cabo miembros de la policía en mi hogar. Una mañana que recién amanecía, mi papá, mis hermanos y yo despertamos en medio de un tropel, el movimiento de extraños en casa, el color oscuro en los uniformes de los agentes, el sol oculto todavía y el ruido ensordecedor del cepillo Volkswagen color crema que aguardaba afuera con el motor en marcha, justo frente a la puerta de la casa, en dirección hacia la Arzobispo Meriño.

Mis hermanos y yo entendiendo sin entender. Con la madurez prematura que otorga vivir situaciones como ésas. Madurez característica en los hijos de esa generación de hombres y mujeres de valor. Mi mamá, que llevaba una bata de dormir, presa de la desesperación y la impotencia, me agarraba de la mano como sin fallar en su instinto protector. Se llevaban a mi papá, lo montaban en el cepillo y apretados y entre armas largas y macanas, marchaban todos rumbo al palacio.

Con esa misma lucidez puedo contarles de un policía que vigilaba cada movimiento de mi papá. Sin disimulo alguno nos seguía cada mañana todo el trayecto a dejarme en la escuela, dormía en la acera a tres casas de la nuestra, justo debajo de un poste de luz que aún permanece en el mismo lugar de la calle. La inocencia de mis años no me dejaba entender a qué respondía nuestro inusual compañero, pero nos saludábamos yo desde el cristal de atrás del viejo Datsun de la familia, él detrás de nosotros en su motocicleta y hasta llegué a apodarlo Toby.

En mi familia nunca se nos ha dicho por quién votar, a quien despreciar, quien es el bueno y mucho menos quien es el malo. Imágenes en la memoria histórica de nosotros, testimonios de vida de mis padres, amigos que se han convertido en familia, y libros, muchos libros nos han servido para discernir y sacar nuestras propias conclusiones. Abunda el sentido común y se pone en práctica la tolerancia, como regla de oro en la vida.

El sentido común se ha encargado de hacerme recordar el gris de los años de Balaguer y la tolerancia me ha ayudado a digerir, sin aceptar, la realidad que refleja la encuesta Gallup que posiciona al Doctor como el político más admirado, con un 30.2 por ciento que le otorga la población.

Sin restarle sus condiciones al Doctor Balaguer, el gran peso social de la figura de un político de mucho vuelo que se apoyó en la fuerza popular y dueño de un carisma indiscutible. Sin mencionar sus dotes de escritor, poeta y orador. Pero de otro lado, el ideólogo de la sangrienta Era Trujillista, el redactor del manifiesto mediante el cual se anunció el golpe de Estado al gobierno de Horacio Vásquez en 1930. El brillante cerebro detrás del Dictador que heredó el poder tras la muerte de Trujillo.

No haber vivido la persecución de la Banda Colorá y los funestos doce años de Balaguer no me impide sacar mis propias conclusiones. La encuesta me confirma lo que tanto he temido, la memoria histórica de los dominicanos anda patas  arriba. A once años de la desaparición física de Balaguer y a diecisiete de su último gobierno, el sentido histórico de la gente anda perdido. Balaguer le ganó el pulso no sólo a Bosch y a Peña Gómez, también se llevó a Duarte, a Manolo y a Caamaño. Y no sólo lo mal que andamos, sino el arduo trabajo que hay que hacer para recuperar la memoria histórica y acabar con la confusión. Se oye o no se oye?

@paochaljub